Margarita Xirgu: “La gran dama del teatro”

Xirgu hizo del teatro una expresión de dignidad

Diario La R. Grupo R Multimedio 

Por Inés María Alfonso Rodriguez

13 de febrero de 2026

 

Margarita Teresa María Xirgu nació en Molins de Rei, provincia de Barcelona, en julio de 1888. Con apenas ocho años, la familia se trasladó a un barrio obrero de esa misma localidad en momentos de ebullición del movimiento sindical y de violencia callejera. Fue allí, en la escuela pública, donde una maestra descubrió su facilidad para la declamación. Su padre era asiduo del teatro, en esa época existía un fervor teatral que recorría gran parte de las sociedades culturales obreras. Y junto con él, ahí estaba Margarita, disfrutando cada función.

En aquel ecosistema de actores instintivos y público sin instrucción pero con apetito de belleza, ella encontró su primer escenario. Cuando la familia se percató de su vocación, dudaron por un momento. Pues en la España de 1900, tener una hija actriz no era honorable. Pero con el consentimiento materno, la joven comenzó a cobrar por sus actuaciones. Así, casi sin advertirlo, se convirtió en actriz profesional.

 

Desde pequeña mostró interés por el teatro

Luego del estreno de “Teresa Raquin» de Émile Zola (donde ella actuó), la Compañía Catalana del Teatro Romea la incorporó a su elenco. El 8 de diciembre de 1906 debutó como profesional con «El mar y el cielo» de Ángel Guimerá. Ella misma eligió el texto, demostración temprana de su inclinación por la poesía dramática. Junto a Guimerá, Ignasi Iglesias y Santiago Rusiñol completaba la trilogía de autores catalanes preferidos.

Margarita estrenó obras suyas, aunque no siempre con éxito. El Teatro Romea se adhirió al Teatro Íntimo de Adrián Gual en 1908, un laboratorio escénico que le abrió horizontes. Fue aquí donde Margarita contactó con escritores y artistas relevantes y comenzó a interpretar a los grandes autores internacionales. Como es el caso de “La campana sumergida» de Gerhart Hauptmann, el cual constituyó su primer gran éxito en ese ámbito.

Posteriormente, fue contratada por el Teatro Principal, y solicitó representar “Joventut de Príncep» de Wilhelm Forster, obra que triunfaba en toda Europa. Toda Barcelona quiso verla. Para ella emocionar al público no le exigía esfuerzo. Se dice que en sus interpretaciones, lloraba con la misma facilidad que hacía llorar. En 1910 llegó a sus manos la traducción de «Salomé » de Oscar Wilde, texto que causó conmoción en los teatros europeos. Luego de ello, decidió mudarse al Teatro Tívoli para formar su propia compañía.

Por 1912, mientras representaba Frou-Frou, recibió una propuesta del empresario portugués Faustino Da Rosa, uno de los más poderosos del continente. El cual quería contratarla para actuar en castellano en América. Margarita aceptó y se trasladó a Madrid, donde aprendió castellano como nueva lengua escénica. Ese mismo año debutó en Málaga y enseguida embarcó hacia América. Al llegar a latinoamérica su primer debut fue en Buenos Aires con Magda de Hermann Sudermann. Posteriormente Montevideo y Santiago de Chile repitieron la acogida, considerando la campaña todo un triunfo.

Margarita Xirgu junto a Federico García Lorca

Por otra parte, su llegada a Madrid coincidió con el estallido de la Gran Guerra. En este contexto, descubrió a Ramón del Valle-Inclán, autor en quien halló una forma singular de imprimir la realidad. Asimismo, estrenó El yermo de las almas en 1915. Pese a su incomodidad ante las cámaras, rodó cuatro películas más: La reina joven (1914), El nocturno de Chopin (1916), El beso de la muerte (1917) y Alma torturada (1917). Cuando terminó la guerra, se sintió atraída por Benito Pérez Galdós. En 1916 consagró su obra en castellano con la obra Marianela para luego estrenar Santa Juana de Castilla.

En 1921 realizó durante seis meses su segunda gira americana, visitando Cuba y México. Y dos años más tarde, en medio de asesinatos políticos, revueltas sociales y huelga general, se instaló la dictadura de Primo de Rivera. El nuevo gobierno prohibió el catalán en las escuelas. Ahí fue cuando en 1923 emprendió su tercera gira hacia países como Uruguay, Chile, Perú, Venezuela, Puerto Rico, Cuba.

Para el verano de 1926 se encontró con Federico García Lorca. Para su regreso a Barcelona, estrenar Mariana Pineda con diseños de Salvador Dalí y realizados por Rafael Barradas. Desde entonces, Margarita fue la musa de Lorca y escribió Yerma y Doña Rosita la soltera pensando en sus dotes. Para ella, aquellos estrenos constituyeron las jornadas más alegres de su vida escénica pues ya había encontrado a su poeta.

Impuso un modo de entender el oficio del teatro

Montevideo la vio dirigir una versión musical de Bodas de sangre. En 1942 fundó la Escuela de Arte Dramático del Teatro Municipal de Santiago, institución que luego pasaría a depender de la Universidad de Chile. En 1943, el Sodre la contrató como directora para una temporada con actores españoles y uruguayos. Luego en 1945 estrenó en Buenos Aires La casa de Bernarda Alba, la cual Federico escribió para ella. En 1949 estrenó en Buenos Aires «El malentendido” de Albert Camus.

Como directora de la EMAD formó promociones enteras de actores hasta 1957. Integró el cuerpo de directores estables de la Comedia Nacional junto a Armando Discépolo y Orestes Caviglia. Se presentó en Buenos Aires con la Comedia Nacional y sus egresados de la EMAD. En abril de 1969 Uruguay abrazó uno de los momentos más tristes en la cultura latinoamericana y del mundo. Margarita falleció a causa de un fallo cardíaco. En 1988, sus restos fueron repatriados a España.

El público uruguayo conocía bien a Margarita cuando llegó a Montevideo invitada por la Comisión de Teatros Municipales. Venía a cumplir la doble tarea de dirigir el elenco oficial y desempeñarse como directora de la Escuela Municipal de Arte Dramático. En la Comedia Nacional dirigió un amplio repertorio de autores clásicos y contemporáneos. Debutó con La Celestina en el Teatro Solís en octubre de 1949. Entre las obras de autor nacional estrenó «La patria en armas» de Juan León Bengoa, homenaje a José Artigas en el centenario de su muerte. En Uruguay no fue una visitante más, fue maestra, fundadora y autoridad. Impuso un modo de entender el oficio: el teatro como sacrificio, el texto como santuario, la escena como patria.

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