Presentación1 (1)

Juan José Núñez

En la búsqueda de una estética “popular”:
Entrevista realizada por  Gerardo Mantero para revista “La Pupila”

El lenguaje de este singular escultor (Tacuarembó, 1949), se caracteriza por la capacidad de síntesis en sus composiciones, por la economía en el uso de los materiales, pautados por el humor (algo poco frecuente en lo escultórico), y por un protagonismo del color a partir de una paleta que hereda de su formación en el taller de Miguel Ángel Pareja. Con materiales de desecho, J.J. Núñez crea piezas sutiles, que aluden al imaginario popular y a un entorno bucólico que nos remite a sus orígenes y a su presente.

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 Tu primer acercamiento en el campo de las artes visuales se da en el liceo, en tu ciudad natal de Tacuarembó, con Gustavo Alamón ¿Puede ser?

Sí, yo estaba estudiando y Gustavo tenía una especie de taller en el sótano, en el mismo liceo.

¿Era parte de la currícula de tu liceo?

No, era una cosa aparte. Era un momento en que yo estaba en una intensa búsqueda de una forma de expresión que ahí aún no estaba clara, pero se inclinaba más hacia la escultura. Recuerdo que en esos tiempos incursioné en el taller de un escultor local, de Tacuarembó [José] Bulmini, que tenía unos talleres de cerámica. Yo, desesperado por el tema de la forma, me metí en el taller de cerámica y me puse a modelar y a hacer cosas. Todo muy precario, evidentemente, aunque estaba convencido de que estaba bien encaminado. Hasta que llegó una exposición de trabajos en el liceo, en el año final. …No me acuerdo bien el año, hace tiempo ya, yo estaba haciendo Bachillerato de Abogacía. Llegaron casualmente al salón de al lado dos muchachos que estaban haciendo Bellas Artes, trayendo estampado en tela, serigrafía. Empezamos a hablar y a decirme, “no, mirá, disculpame… escultura es esto y esto otro”. Se dio un rico intercambio estético en esa oportunidad.

¿Sos de la generación que tuvo al “Bocha” Benavidez como profesor de literatura en el Liceo?

Yo vivía en un barrio, en la periferia. Eso que mencionás sucedía en el ámbito de la ciudad, del asfalto. Esto era más rural. Lo conocía al “Bocha”, obviamente, pero no fue mi docente. Estos muchachos me invitaron a que si venía a Montevideo pasara por el taller que dirigía Miguel Ángel Pareja.

Y es entonces cuando venís a Montevideo te vinculás al taller de Pareja. nuñez2

Yo vivía en pensiones y buscaba dónde formarme. Ahí caigo para conocer a Pareja, que era un tipo muy hosco, muy para adentro.

¿Era en la casa que Pareja tenía en la calle Rivera?

No. En ese momento él vivía en la antigua casa de la calle Brandzen y Pablo de María. Después conocí la otra casa que tuvo frente al Zoológico. Fue muy impresionante. De entrada me dijo: “si te interesa la escultura andá a ver esto” y me tiró con un catálogo de Silvestre Peciar, que estaba por irse a Brasil y que era también en la Escuela [Nacional de Bellas Artes] y trabajaba en Barro. Esta muestra era en la antigua galería U. Yo quedé impactado cuando vi el trabajo de Silvestre Peciar. Era como decir “es esto lo que yo quiero hacer”. Igualmente yo siempre tuve la escultura metida en el cuerpo.

La paleta de Pareja se deja ver en tu obra. Se percibe la influencia.

Si, totalmente. Yo recuerdo al viejo siempre trabajando en lo suyo, pero a la vez te daba pautas: “un color no es necesariamente el que más te interesa, esa capaz que es la falla; lo que importa es el equilibrio, la estructura”. Eso fue brillante. Yo venía con un training muy fuerte, de impulso hacia la concreción, pero el drama mío a resolver era la situación económica. Vivía en pensiones, trabajaba en lo que podía: fábricas, venta puerta a puerta, en una metalúrgica. No tenía espacio, no tenía plata. Tenía que hacer con las cosas que tuviera a la mano ¿Y qué se conseguía fácil en ese momento? Hablamos de fines de los setenta, principio de los ochenta. Y… por ejemplo podías encontrar latas de aceite de auto tiradas por la calle. Yo empiezo a juntar ese material y con un corte empecé a plantear formas. Me salían caballos. En mi infancia iba al campo a visitar a mis tíos y montaba a caballo y tropeaba. Toda esa cosa de gurí de pueblo en un espacio rural se volvió elemento de trabajo elaborado. Después, estando en la Ciudad Vieja empecé a levantar las maderas de los muebles tirados en las esquinas. Tenía que ser un material accesible, fácil de conseguir, y que supusiera una rápida elaboración. Yo tenía que buscar estrategias para sacar fuera del cuerpo esas demandas expresivas, que es otra situación.

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Te vas a México a fines de los setenta.

Si, en el ‘76 salimos de país como refugiados políticos y nos exiliamos en México.

Trabajaste como dibujante…

Exacto, trabajé para una revista que unos argentinos sacaban allá y después estuve diseñando juguetes pedagógicos, con un arquitecto español también exiliado.

Totalmente. El primer impacto en este país es la presencia de la escultura indígena impresionante. Aparte tuve la suerte de que naciera allí mi hijo Luis y de poder ver con él una exposición inmensa de Henry Moore. México es un gran un centro internacional de arte. Pude ver muestras de todos lados del mundo. Pero a la vez fue muy terrible para un tipo de un barrio de Tacuarembó recalar en ese espacio gigantesco, donde un barrio corresponde a tres millones de personas, fue una locura.

Volviste a Uruguay en 1983.

Sí. Desesperados. Volvimos a que pasara lo que pasara. Ahí me entero que Pareja estaba muy enfermo, y se muere al poco tiempo. Quince días después de eso se muere mi padre de cáncer, en el hospital militar. El viejo leía El Popular y las enfermeras le decían “¡esto no se puede leer acá!” (Risas). Fue una época muy compleja, de grandes pérdidas y en pleno proceso de adaptación a la nueva realidad del país, sin nadie que me ayudara a organizarme.

Y ahí, en medio de ese mar de fondo, y trabajando en la construcción es que te volvés a encontrar con la escultura.

Sí, y lo hago definitivamente. Ahí ya estaba jugado. Estábamos haciendo el armado de lo que sería la usina de la cárcel de Santiago Vázquez. Estábamos cortando fierros en un espacio enorme Y encuentro una varilla de 6 mm doblada, y en ella veo un pájaro, largo todo y la voy a buscar emocionado. “¿Qué ves acá?” le pregunto al herrero; “Un fierro doblado”, responde, y yo no me calenté con el tipo que me contestaba de acuerdo a su cultura. El que estaba fuera de lugar y tenía que buscar una salida era yo. Eso me motivó a meterme de lleno en la escultura a como diera lugar.

¿Luego de ese descubrimiento es que comenzás a mostrar tu trabajo en el circuito de las nuñez5artes visuales de nuestro país?

Sí. Yo estaba en ese momento con Guillermo Busch en la Ciudad Vieja. Le alquilaba una pieza, después tuve el taller. Lo único que tenía para trabajar era un nylon negro que había comprado para achicar la altura de la pieza y andaba con eso de un lado para el otro. Y al final, en vista de que no tenía otros materiales, clavé ese nylon en la pared y le empecé a pegar papeles de las bolsas de portland que trabajé con color y lo fui estudiando, hasta que encontré la solución, que era coserlo. Y ahí apareció un Cristo crucificado que era la desocupación, la tortura, muchas cosas removedoras del momento. El llamado lo organizaba la comunidad judía, pero yo no pensé en nada de eso. Llegamos ahí con Busch que andaba incursionando con el tema de unas puertas,… quemando unas puertas. Aparecimos los dos, aquel con las puertas quemadas, y yo con un rollo. El que estaba recibiendo los cuadros miró lo que le llevamos, y muy preocupado nos dijo: “Yo les tengo que avisar: esto es una muestra de pintura”, -“Sí, sí, nosotros sabemos, usted no se preocupe, anótenos ahí”. Él nos quería prevenir por si nos rechazaban la obra por no ajustarse a los requerimientos del concurso. A mi me aceptaron y esa fue mi primera incursión en el ámbito expositor. Imaginate que a mí no me conocía nadie, que no era de Montevideo, no venía de ningún taller y además había estado mucho afuera.

¿Esa fue tu primera exposición?

Esa fue mi primera aparición pública. Me había presentado en la muestra “Por las Libertades “, en 1984 que se hizo en muchos lados, yo estuve en la Cooperativa Bancaria.

En tu obra hay un tratamiento muy lúdico de la madera, hay rasgos de humor que es muy raro encontrar en lo escultórico, y hay una cosa muy bucólica que semeja reminiscencias del campo, ¿lo ves así?

El humor yo lo utilizo para arrimar a la gente a la escultura. Es muy difícil la escultura. Yo acudo a atrapar, a que se detengan un momento a mirar la obra, eso ya me basta a mí. En una muestra que estuvo en el Subte, un homenaje a José Belloni, hice un monstruo, tipo toro, que dice: “Cuadrúpedo que lucha por su vida sin muchas expectativas”. (Risas)

Y esta última exposición en el Museo Figari se llama “Mi abuela tenía una vaca y otros bichos que no me acuerdo…”  El humor es parte de tu lenguaje y tiene que ver con tu personalidad.

Y… tiene que ver con que la escultura que yo hago, que es intimista, persigue como objetivo el disfrute. La escultura tiene que imponerse por sí sola. Tiene que tener humor, tiene que tener color.

Pero también hay como cierta capacidad de síntesis en tu escultura. No son piezas monumentales.

Hay una búsqueda de equilibrio entre el color, la forma y los aspectos conceptuales. Es un equilibrio de cosas que deben conjugarse para ser atractivo.

¿Cómo te manejas metodológicamente? ¿Trabajás todos los días o lo hacés por impulsos?

Son impulsos, pero siempre estoy en esto.

¿Vivís de la escultura hoy en día?

He tenido la suerte de vender esculturas, sí. En realidad debería decir que estuve enel momento y en el lugar preciso. Vinieron unos alemanes, me conocieron, les gustó la obra porque la encontraron diferente. La preocupación mía es que tenemos que armar una estética popular. Un poco por las ondas de [Hugo] Nantes; por ahí tiene que andar la cosa. Claro que trabajando así tengo una lucha permanente con los materiales, la madera que se apolilla y esas cosas que no entran en los ámbitos de un creador. Lo que a mí me importa es que el material no sea un impedimento para concretar la forma. Que es otra situación fuera de tu cabeza y de tu cuerpo.

¿Te pusiste a reflexionar frente al escenario del arte contemporáneo; cómo se ubica tu obra, intimista, casi como de complicidad con el espectador?

Es una gran pregunta. Yo soy de los que piensan que existen la pintura y la escultura. Por supuesto que hay arte conceptual que me gusta. No sé, acepto a alguien como Joseph Beuys, pero él obedece acierta problemática, cierta realidad histórica que lo conduce a trabajar así.

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…La famosa historia del avión piloteado por Beuys y que fue derribado en Crimea en 1944. A punto de morir congelado, unos nativos tártaros lo envolvieron con grasa y fieltro, dos elementos que van a ser utilizados por él en su obra.

El arte conceptual da para mucha cosa. Están los que se disfrazan de conceptualistas y los que hacen verdadero arte conceptual.

Te definís como un artista en búsqueda de lo popular, de la tradición. ¿Existen otras influencias por fuera de la plástica, que hayan sido un aporte en la construcción de tu lenguaje?

Me reconozco en todo esto que decís porque soy del interior. Me reconozco en las canciones de El Sabalero, lo que él canta son experiencias que yo viví. O en la obra de Osiris Rodríguez Castillo, Aníbal Sampayo. Yo transito por esos territorios. Tacuarembó es algo medio fuera de este mundo.

Tacuarembó es una tierra fértil que ha dado artistas notorios en todas las disciplinas artísticas de nuestro país. Es una especie de fenómeno digno de estudiar.

Somos como una nave espacial que aterrizó ahí. Nos llega información de Brasil, de Norteamérica. Yo siempre traté de investigar con mi madre y sé que tengo un antepasado portugués que era ebanista. Y estaba también mi padre, que era un siete oficios y las tardes de invierno, que nos poníamos cerca de la estufa traía de afuera arcilla, barro y hacía caballitos, vaquitas.

 Ahora que hablás de tus influencias de artistas de tierra adentro me estoy acordando de Tomás Cacheiro, por ejemplo.

Conocí historias de Cacheiro, sí. Y como referentes escultóricos, Alexander Calder me apasiona mucho. Y aquí en el Uruguay respeto el trabajo de Hugo Nantes. En su momento me gustaba mucho el artista que te mencioné antes: Silvestre Peciar, que no sé qué es lo que hace ahora. Después yendo un poco más atrás, en cuanto a maestros, me encantan Picasso, o Klee haciendo esculturas, o la pintura de Matisse.

Has elegido volver a vivir en el campo, ¿es una elección que tiene que ver con tus orígenes?

Es una elección de vida que supone un beneficio que nos damos mi compañera y yo. Nos encanta. Por mi parte, estando en una ciudad me siento como en una caja de zapatos. Sí, es una búsqueda incluso espacial. La ciudad me estresa mucho.

Este regreso redunda en tu trabajo.

Redunda porque me dispone con otra tranquilidad estando inmerso en esto. Siempre estoy manejando los mismos criterios que cuando empecé. Por ejemplo, de un viejo alambrado que desmontamos empecé a usarlo para hacer formas. “En la otra” se llama la serie que estoy trabajando, que vendría a ser “en la otra dimensión”. Yo sostengo que existen como siete u ocho planos o dimensiones. Son formas abstractas.

¿Por qué ocho?

No es un terreno racionalista, es más metafísico y puede equipararse a la convicción de que después de la muerte hay algo.

¿Vos creés que después de la muerte hay algo?

Sí, completamente. Yo siento que Luis, mi hijo, está vivo. Murió y eso es innegable, pero también sé que hay algo más allá de eso. Soy bastante religioso en el sentido de religare, re-atar, re-armar.

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¿Cómo te surge la idea de una muestra? ¿A partir de una pieza? ¿Por algún hecho que te motiva?

Puede surgir de una idea. Lo de la Batalla de las Piedras, yo estaba tomando mate en el Rincón del Colorado, frente al espacio donde fue la batalla y surgió la idea de qué buen tema era para hacer una muestra, y ahí empecé a trabajar con unos alambres sobre eso. Siempre me ayudó ser consciente del momento en el que estoy viviendo. El lugar que me motiva a algo, o un color o una forma determinada que dispara otras cosas.

¿Sos una especie de recolector permanente de objetos o vas a la búsqueda de un material específico?

Los materiales vienen a mí. Es inevitable. Voy caminando y veo un alambre doblado, pisado por los autos y yo lo levanto porque veo algo interesante. Lo que pasa es que yo sostengo que el creador tiene que ser un tipo realista y manejarse con las cosas que tiene a su alcance, proyectar sus cosas desde su entorno.

En esta muestra en el Museo Figari, también trabajás en el plano.

Siempre estoy jugando con el límite entre el plano y el volumen. Tengo otra obra que tiene base y estructura, y otra que incluso va colgada. Vos sabés que una conocida mía viendo las dos modalidades me sugirió que era mejor colgada y tiene razón. Colgadas funcionan notable.

Entrevista publicada en Revista La Pupila: http://www.revistalapupila.com/lapupila.html

Pdf entrevista: http://www.revistalapupila.com/pdf/LP36_Baja.pdf