Políticas culturales

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Otros horizontes posibles para las políticas culturales

La catedrática francesa Françoise Benhamou publicó un nuevo ensayo Françoise Benhamou (1952) es economista, catedrática en la Universidad de París 13, especialista en Economía de la Cultura y miembro del Círculo de Economistas de Francia. Conocida en Uruguay como la autora del célebre ensayo La economía de la cultura (1996), que ha inspirado a varias generaciones de actores del sector cultural local e internacional, acaba de publicar un interesante volumen titulado Políticas culturales, ¿final de partida o nueva temporada? donde, con el sentido crítico que la caracteriza, analiza la evolución del sector y plantea posibles caminos para reinventar el encuadre político de la cultura.

Laura Pouso

La intervención política en materia cultural está sujeta a los vaivenes de la globalización, a las crisis económicas, a la alternancia de los distintos gobiernos y sus programas específicos, a las evoluciones tecnológicas y sociales que influyen tanto sobre las modalidades de consumo cultural, como sobre la creación y la circulación de las obras de arte, los bienes y los productos culturales. Modificar las formas de pensar las políticas culturales en el contexto contemporáneo es, sin duda, una cuestión extremadamente compleja, que reclama respuestas adaptadas a un mundo que no solo las demanda con urgencia, sino que a la vez evoluciona muy rápidamente.

Benhamou dedica a estos temas su último ensayo, publicado en 2015 en Francia —y aún no traducido al español—, construyendo una reflexión que estimula el debate y proporciona un enfoque claro y accesible con información variada y referencias a casos de interés. La economista subraya hasta qué punto toda política cultural parece hoy en día estar atravesada por objetivos contradictorios, cuya articulación provoca tensiones y problemas entre los actores del sector. El interés de su reflexión reside en la búsqueda de pistas para posibles reformas que podrían ponerse a prueba a pequeña escala y en distintos ámbitos.

En nuestro país el ejercicio de pensar la relación entre políticas culturales, economía y contexto debería tomar como base, en el mejor de los casos, una serie de condiciones: articular el apoyo del sector público sobre la comprensión de la dinámica propia de la creación artística, distinguir el patrimonio de la creación y considerar a la cultura como un valor en sí misma, sin buscar sin cesar una argumentación económica que la sostenga.

Sin embargo, la recurrencia a estas orientaciones debería también comprender, al decir de Benhamou, que el mundo en el que se idea el diseño de políticas culturales ha cambiado mucho, entre otras cosas debido al desarrollo de las tecnologías de la información. “Gran parte de las prácticas culturales hoy en día, sobre todo entre la gente más joven, pasan por internet, por una pantalla, nos encontramos inmersos en una cultura de la pantalla. Esta cultura de la pantalla implica algo nuevo: la individualización de las prácticas culturales. Gran parte del consumo cultural se da manera individual en una tablet o unsmartphone”, sostiene la economista. Esto modifica la relación que se establece en el desarrollo de políticas culturales, ya que al mismo tiempo dicha cultura de pantalla convive con un incremento notorio en la frecuentación de los espectáculos en vivo. La economista insiste en apelar a “un retorno a los fundamentos: apoyo a la creación y sobre todo a la excelencia, preservación del patrimonio y desarrollo de todas las formas posibles de acceso a la cultura. Estas exigencias no deben resignarse. El gobierno de las políticas culturales se ha vuelto más modesto y sensible a los resultados aunque debe estar dispuesto a asumir los ritmos y los tiempos largos de los proyectos culturales”.

Tampoco se puede soslayar la importancia creciente que ha adquirido todo lo vinculado a la llamada diversidad cultural. Benhamou problematiza en su ensayo también esta cuestión transgrediendo la ya desgastada noción de democratización de la cultura —por el recurso excesivo y por momentos vacuo—, cuyos frutos siguen siendo muy puntuales en Francia y en otros países que se han orientado en la misma dirección, sobre todo en los casos en que la democratización se apoya irremediablemente en la gratuidad. “Antes existía un mayor acento puesto en la cuestión de la democratización al acceso de todos los ciudadanos a la cultura. Hoy asistimos a una especie de corrimiento de la democratización hacia la diversidad”.

A lo largo de su análisis, Benhamou propone una serie de ideas, se atreve a diseñar perspectivas de transformación y a plantear cambios de paradigmas en el universo cultural. En este nuevo horizonte que vislumbra con lucidez se destacan algunos ejes que pueden causar interés o cierta controversia en nuestro escenario local, como por ejemplo: seguir apoyando a los artistas y sus creaciones evitando la dispersión de las subvenciones, intentando concentrar los dineros públicos en menos proyectos y de mayor calidad; o revisar la cuestión del mecenazgo que constituye un recurso complementario interesante siempre y cuando el Estado opere como un verdadero articulador entre los artistas y las empresas, y no como un distribuidor de fondos que pasan primero por el filtro del servicio público. El mecenazgo revitalizará el sector siempre y cuando no “pese sobre las finanzas públicas a través de las deducciones fiscales a las que da derecho”. De otro modo, no es sino una serpiente que se muerde la cola.

En otro orden de cosas, plantea que es vital pensar la cultura por fuera de sí misma, “abrir la cultura hacia problemáticas nuevas. ¿Por qué el consumo cultural es más bajo en las clases más populares? Quizá no especialmente porque no tengan ganas de consumir cultura sino simplemente porque están lejos de los centros urbanos donde la oferta cultural es más importante. Ahí se vuelve preciso ligar la política cultural a la política de la ciudad, a la política de los transportes. Dicho de otro modo es necesario tener una visión de la política cultural que sea más global y que se dirija hacia otras áreas que a lo mejor han sido descuidadas”.

La exposición de las ideas de Benhamou se enfrenta a la contemporaneidad de un paisaje cultural aún desorganizado, que exige resultados, eficacia, rentabilidad y salas llenas por lo que la autora se toma el trabajo de advertir que “el gran peligro que pesa sobre la cultura, cuando se busca justificar el gasto público en su favor, en función de su impacto, es hacer una comparación entre los subsidios a la cultura y los subsidios a otros sectores con mayor capacidad para crear empleo. No se apoya a la cultura por su impacto sino porque forma parte de los bienes y los servicios públicos. Si es preciso identificar los efectos de la cultura, estos son ante todo cualitativos y se traducen en los modos de vida, en la vida en colectividad, en la creatividad”.

Otras de las virtudes de este libro radican justamente en su carácter sintético que nos invita a repensar la mutación forzada o bienvenida de las políticas culturales en épocas de crisis. De paso y para concluir, resta agregar otro dato relevante: el texto ha sido editado por el servicio público francés, el mismo que la autora en pleno ejercicio de su conciencia ciudadana pone en cuestionamiento y critica sin que la expresión libre de sus ideas condicione su publicación. Con esa madurez, todo se vuelve posible o por lo menos cuestionable.

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