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Montevideo, la bienal y la idiocia

No hay que entender, hay que sentir

Carlos Rehermann

entenderDe una escultura de Jeff Koons la sección de arte del diario argentino La Nación dijo: “US$ 33,6. Precio tope para una escultura de Jeff Koons, ex de la Cicciolina, en la subasta de Christie’s. Un éxito”. La ilustración no es una foto de la escultura, sino del autor. El redactor tiene claro que en todo el asunto lo que menos importa es la obra. El error (treinta y tres dólares, en vez de treinta y tres millones) carece de importancia, porque en el fondo tampoco importa si se vendió a esa cifra o a cualquier otra. La frase de La Nación es ejemplar por la cantidad de información relevante que transporta: dice la cifra, informa que es récord para el artista, para la turba ignara que accede a la nota da cuenta de quién es el artista (el ex de la Cicciolina, que vaya uno a saber quién es), quién fue el rematador, y el juicio: un éxito. Un buen ejemplo para una escuela de periodismo.

Es una buena frase, sin ironías, aunque las personas verdaderamente interesadas por el arte dirán que cada una de esas informaciones es irrelevante. Estarían equivocadas: desde los años sesenta del siglo pasado, el Arte se casó con la Moda, y por lo tanto los discursos acerca del arte (lo que antaño se denominaba crítica) caen dentro de la categoría periodística “sociales”.

Constantemente se producen manifestaciones de este maridaje entre arte y moda. En Montevideo acaba de ocurrir una en ocasión de la presentación de la primera Bienal de Arte de Montevideo. Esta exposición se realiza en el casco histórico de la ciudad, en varios edificios pertenecientes a un banco estatal y a la iglesia católica. Se presentan allí obras de sesenta artistas de todo el mundo.

Los organizadores probablemente estén de acuerdo con el artista estadounidense Joseph Kosuth, que ha postulado que “todo el arte (después de Duchamp) es conceptual (…) porque el arte solo existe conceptualmente”. El perfil de la Bienal de Arte de Montevideo se acerca a la idea de este líder del arte conceptual. A pesar de que Kosuth leyó apresuradamente y quizá no muy bien a Duchamp, ha sido un gran difusor de las ideas del francés. Es, así, uno de los más influyentes “falsos amigos” de la modernidad, al decir del crítico inglés T. J. Clark.

Para promocionar la Bienal, sus organizadores convocaron a varias personas, con quienes realizaron una serie de videos para ser difundidos por televisión. De los seis videos realizados (además de uno que no se difundió, protagonizado por el curador de la Bienal, Alfons Hug) solo uno de los personajes tiene relación con el mundo de la cultura; se trata de un escritor de larga trayectoria, que sin embargo nunca estuvo relacionado con las artes visuales. Los otros actores son: un cocinero de televisión; una princesa, una modelo publicitaria, una periodista de televisión y otra de radio. Todos ellos son conocidos por buena parte de la audiencia de los medios masivos uruguayos.

El recurso es común en la publicidad: un futbolista habla de las bondades de un teléfono; un actor de cine nos explica que nada hay como cierta máquina de café; una actriz perfumada desfallece de deseo por un modelo de buen tono muscular. Son códigos idiotas a los que nos hemos acostumbrado, y no hay problema en aceptarlos. Después de todo, los perfumes, los teléfonos y las máquinas de café son unas tonterías sin importancia. El techo del relato publicitario lo pone el propio producto, y cualquier famoso es apto para promocionarlo. Lo que dice el protagonista de la promoción no tiene importancia, porque el producto no tiene importancia, y por lo tanto no se requiere un saber articulado a través de un discurso. Cuando se usa el mismo mecanismo para promocionar un acontecimiento artístico como la Bienal de Arte de Montevideo, aparece el siglo XXI en todo su esplendor de gigante microcéfalo.

En el primero de los videos, la presidente de la entidad organizadora, la Fundación Bienal de Montevideo, presentada como princesa, soba siniestra o cariñosamente un perrito y dice, arrastrando indiscriminadamente vocales y consonantes, “buscamos a través de este evento cultural proyectar al mundo la luz que brilló al principio del siglo XX”.

La explicación de esta misteriosa referencia a la luz que brilló hace cien años está en otro video, en el que el curador de la Bienal dice: “Montevideo y Uruguay tienen una posición privilegiada porque el país ya fue cuna de la modernidad del siglo XX”. Se entiende que el hombre desconozca la historia del arte uruguayo, pero ese desconocimiento arroja sombras sobre la probabilidad de aciertos en su curaduría. Uruguay no fue cuna de ninguna modernidad, y más bien rechazó a los movimientos de vanguardia del siglo XX.

En su tiempo (y bastante más tardíamente que a principios del siglo pasado) Torres García fue el único moderno respetado, y eso gracias a factores que nada tienen nada que ver con el arte. Rafael Barradas, que era un enorme artista, fue prácticamente ignorado, salvo por unos pocos amigos. En todas las áreas Uruguay se mantuvo muy lejos de los modernos, y fue recién en la segunda posguerra, cuando en Europa surgían las neovanguardias, que aquí comenzaron a aceptarse algunas tendencias, y con muchísimos reparos. Alfredo Mario Ferreiro en poesía, Paco Espínola en teatro, Carmen Barradas en música, habían sido calurosamente ninguneados. Pero propalar cualquier especie sobre el pasado glorioso del país parece que sirve para convencer a una princesa, a la que después se le hace decir un sinsentido. Pero bueno, ya se sabe, la monarquía, la aristocracia ,el siglo XVIII.

Obras y zurullos

En otro video, una periodista, cuya característica es la voz sonriente y, en su llegada a la televisión, la cara sonriente, y una actitud entusiasta y optimista, llena de lo que un catequista denominaría “contagiosa alegría de vivir”, afirma: “El arte es la materialización de lo más invisible del ser humano […] Por eso el arte no hay que entenderlo… Simplemente lo que hay que hacer es sentirlo”. El sinsentido llega a la perfección: la Bienal propone exactamente lo contrario a lo que promociona esta periodista, ya que el arte conceptual, protagonista de la muestra, es enemigo de lo que se siente.

Un tercer video muestra una modelo de amplísima sonrisa, que, un poco insegura, afirma que “el arte es como la más genuina expresión del alma”. Ese “como” es conmovedor, porque denota humildad, ya que ciertamente haber afirmado, por ejemplo, que “el arte es la más genuina expresión del alma” podría interpretarse como jactancioso, en esta época en la que nada conviene que sea completamente algo, ni siquiera un asunto tan subjetivo como la expresión de esa suprema inmaterialidad íntima, el alma. La modelo afloja un poco los abdominales y suspira de alivio cuando dice: “Está bueno que tengamos una Bienal”. Una afirmación contundente, que recuerda a la de “Un éxito” de La Nación.

El cuarto video presenta a una conductora de televisión que explica el arte “¿Qué es el arte para mí?” —se pregunta, en un momento de íntima reflexión, y se responde—: “Es crear”. La conversión instantánea del sustantivo en verbo viene justificada de inmediato a través de una segunda verbalización del nombre: “La pintura en especial es una forma de… de expresar mucho más poderosa que la palabra”. Como bien demuestra la bella protagonista del video, la palabra no es su fuerte. En el video, la conductora, espléndida con un atuendo que permite disfrutar de sus hombros, frota y apoya sin miramientos la mano sobre lo que parece ser un óleo craquelado, misteriosamente seco e inmune, por fortuna, a sus manipulaciones. De manera harto extraña el arte que se muestra en el video es de la más crasa factura pompier de taller de barrio, algo que uno identifica de inmediato como lo absolutamente opuesto a una muestra de arte actual.

Otro spot muestra a un empresario periodístico y cocinero, que afirma: “Cocinar es un arte”. Su observación dispara la imaginación: Si cocinar es un arte, ¿cagar es lo que hace la crítica? Porque la crítica es lo que viene después de la fruición, el aprovechamiento, la incorporación del arte. Y efectivamente, la ausencia de crítica —que, de existir, sería un aparato social—, ha convertido los discursos sobre el arte en deposiciones individuales, abandonadas en márgenes periodísticos, como zurullos al borde de un camino campestre. No: cocinar no es un arte, y aquí termina todo posible diálogo con quien proclame semejante estetización de la digestión. Ni siquiera los griegos, para quienes ponerle radios a una rueda de carreta era tan techné como pintar unas uvas capaces de engañar a un pajarito, consideraban que cocinar era techné.

Uno puede ir a la Bienal y ver las obras de muchos artistas que muestran un panorama ajustado y representativo del arte actual en el mundo. Quedan muchas manifestaciones afuera, pero eso no importa, porque siempre, en cualquier selección de obras, quedan cosas afuera. Hay quienes dicen que al mismo tiempo se incluyen cosas que no tienen sentido ni valor, y probablemente sea cierto, pero eso también es inevitable. El problema mayor no está en la Bienal en sí, sino en los discursos en torno a la Bienal: los propios organizadores banalizan, dispersan, desorientan, a través de apelaciones sensibleras, de errores básicos de concepto y de historia, y de la identificación con figuras especialmente ineptas para referirse al arte.

No es que un cocinero no pueda hablar de arte; todo el mundo tiene derecho a hablar de lo que quiera. El problema es que los organizadores no convocan a un cocinero para hablar de arte porque alguna vez el hombre escribió sobre arte o reflexionó sobre arte, sino porque como cocinero es exitoso. Lo mismo para la modelo, las periodistas y hasta el escritor veterano. Todos han sido convocados por razones equivocadas, lo mismo que un futbolista para vender teléfonos o un actor para vender cafeteras. La idiocia triunfante exhibe su gran dentadura y carcajea salpicándonos de saliva, sin saber siquiera de qué se ríe.