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Imperativo de la gestión cultural

A desasnar políticos
Por Carlos Rehermann

El frotamiento del ego nacional

En 1999 el Archivo General de la Nación publicó un libro de gran formato, tapas duras y páginas de papel coteado de un cuarto kilo, dedicado al 70º aniversario imperativodel SODRE, el instituto que en ese entonces administraba las emisoras de radio y televisión estatales, una orquesta sinfónica, un cuerpo de ballet y un coro, además de una sala de espectáculos, entre otros emprendimientos. La presidenta del SODRE era Adela Reta, que se propuso terminar una gran obra de construcción de un nuevo teatro con dos salas de espectáculos en el predio donde en 1971 se produjo un incendio que destruyó su sede histórica. Es probable que ese horrendo libro, con un tipografía que se podría calificar de trágica y sobrecubiertas de un color tóxico, se originara en una propuesta de la presidente para dar a conocer a ciertos organismos internacionales de crédito o a algunas legaciones diplomáticas de países ricos el proyecto arquitectónico que el país estaba teniendo graves dificultades para solventar.

Lo interesante del libro, como en cualquier libro, no es, ciertamente, su calidad de diseño, sino lo que dice. En este caso, en una serie de artículos escritos por especialistas —funcionarios, nos enteramos, de las maravillas de afinación de las orquestas nacionales, de las fulgurantes elasticidades de las  primeras bailarinas autóctonas, de la excelencia pulmonar de los cantantes de ópera criollos, de las mágicas trasmisiones a través del esforzado canal oficial de televisión, de la notable tarea de difusión de la música clásica llevada adelante por los infatigables operadores de la emisora radial. La impresión que causa a quien no conoce la verdad es la de un ejército de apóstoles de la cultura que ha llevado el arte del país a unas cumbres que son ejemplo y vergüenza para Viena y Moscú, Londres y Milán.

Esta práctica del elogio desbocado no es nueva, ni tampoco exclusiva del Uruguay. Pero en este país al parecer no alcanza con mencionar los valores de sus hijos, sino que hay que hacerlo en medio de una exclamación de sorpresa, como si asistiéramos a un fenómeno inaudito, maravilla para el mundo que, atónico ante la empírea gloria de los uruguayos y sus logros, debiera inclinarse humillado ante su presencia (soberana, agregará un ironista, mentando una frase del prócer). Con el tiempo, dada la insistencia en la proclama, hemos terminado por convencernos de esta versión de la excelencia de nuestras letras y de nuestras artes, y hasta de nuestras ciencias. Examinemos un fragmento del libro de festejo del septuagésimo aniversario del SODRE para entender la retórica del auto elogio.

En un artículo firmado por el entonces director artístico del organismo, dedicado a la ópera, se hace un equilibrado resumen de la historia del género en nuestro país, mencionando sus orígenes, la historia del Teatro Solís, los primeros estrenos, las visitas extranjeras. Numerosas fotografías dan cuerpo a la imagen que propone el texto. Dedica incluso espacio para simpatizar con Hugo Balzo, director artístico entre 1954 y 1970, de quien dice que era “inefable, lleno de anécdotas, bohemio, humorista”, y fue “centro de infinidad de encuentros entre artistas y amigos”. ¡Qué recuerdos, señores!

Habla del “auge” de la ópera del SODRE, que ubica en los años sesenta del siglo XX. Pero aquí comienzan los problemas.

Evita mencionar que la mejor ópera compuesta en la historia del Uruguay era, hasta ese momento, “Marta Gruni”, con música compuesta por Jaurés Lamarque Pons sobre un libreto basado en el drama homónimo de Florencio Sánchez. Una probable explicación para la ausencia es que esa ópera no fue producida ni realizada en el SODRE, sino en el teatro Solís. El único compositor de ópera que menciona, al pasar, es Ricardo Storm, autor de la ópera El regreso, con asunto basado en las coéforas de Esquilo, libretada y agauchada por el propio compositor. Pero ¿es que no ha habido otros compositores de ópera en el Uruguay? ¿Cómo es posible, entonces, si no hay creadores, hablar de “auge”?

La retórica que subrepticiamente inserta stems esenciales para el desahogo del ego nacional es verdaderamente magistral, y no se limita a ese librote encomiástico. En un estudio monográfico posterior al libro, escrito por dos académicas, se encuentra la siguiente frase:

“Paralelamente, otros compositores intentan el camino de una ópera uruguaya, como Ricardo Storm con El regreso”.

Sin embargo, las autoras no atinan a nombrar a los “otros compositores” que “como Ricardo Storm” han compuesto otras óperas. Esta manera de dar a entender que hay más de lo que se dice, cuando la realidad es que no hay nada más que una manipulación verbal de la verdad, ha venido construyendo nuestra identidad nacional, que consiste en creer que somos geniales. Pero parece que nuestra genialidad se basa en armar frases llenas de “otros” y “como”, aunque sin dar jamás un nombre ni citar nunca una obra.

La realidad

En toda la historia del país se estrenaron 11 óperas de autor nacional. La primera fue compuesta por Tomás Giribaldi, se titula La parisina y se estrenó el 14 de setiembre de 1878; la más reciente, Rashomon, fue compuesta por León Biriotti (con estreno el 26 de julio de 2015). Incluyendo esta última, en el siglo que arranca en 1915 se estrenaron apenas cinco óperas de autor nacional (una de ellas, aunque compuesta en Uruguay, cantada en italiano).

El organismo que en 1999 cumplía 70 produjo apenas tres óperas (algunos sostienen que dos) en toda su historia. ¿Dónde están las virtudes del genio nacional?

Seguramente no en los directores de ese organismo tan remolón para la novedad. Una ópera de Leo Masliah inspirada en Lautréamont, Maldoror, fue estrenada en 2003 en el Teatro Colón de Buenos Aires, una institución de no menor jerarquía que las equivalentes uruguayas (diría el más fanático antiporteño). Si el compositor no la ofreció al SODRE quizá se basó en su larga historia de rechazos; si la ofreció, habría que pedirle disculpas. ¿Que Maldoror es mala? ¿Cómo lo sabemos? Vistos los repertorios momificados del organismo, uno diría que no cabe en sus recintos el azar del juicio justo. Por otra parte, prefiero juzgar por mí mismo la calidad de la obra de mis compatriotas. Algunos años después de la afrenta de permitir un estreno uruguayo en el Colón, mientras el SODRE no se daba cuenta de que los autores uruguayos existen en la actualidad lo mismo que antaño, su entonces presidente creaba una comisión ministerial de homenaje a Lautréamont, que, aparte de gastar dinero en sándwiches y vino para su ceremonia de inauguración, no hizo nada, y sus objetivos y procederes permanecen en la bruma de la memoria del promotor, que nunca movió un dedo para cumplir con la obligación institucional de promover el arte nacional. Véanse, si se desconfía, los repertorios de esos años.

Si los músicos nacionales no se escuchan entre sí, porque sus obras no se programan; si los dramaturgos uruguayos no son representados por los elencos oficiales, si los artistas visuales nacionales no son exhibidos, si los autores nacionales son relegados por la academia y los jerarcas de las instituciones culturales del Estado, en fin, si los artistas creadores no logran hacerse percibir por sus colegas, el ambiente artístico se convierte en una miríada de inventores de la pólvora, en una dispersión de antimateria cultural. Un país tan chico tiene una enorme oportunidad de darle lugar a todos sus creadores, y no apenas a un puñado de misteriosos elegidos, y la única explicación radica en la ignorancia.

Recientemente se impuso en el mundo la especialidad de la gestión cultural, que ha recibido bastante atención pública y privada, al punto de haberse creado una carrera terciaria de esta especialidad, cuyos docentes, claro, no tienen titulación en la especialidad, lo cual podría dar pie para reflexiones inconvenientes. Pero el problema no está en la falta de gestores, sino en la ignorancia de los políticos, es decir, de quienes toman decisiones estratégicas. (Bueno, si esas decisiones no las toman los políticos la situación es muchísimo peor).

Hágase el lector con el libro del septuagenario y recorra la lista de autoridades del SODRE. Se encontrará con los responsables históricos del desastre. Desastre fácil de resolver, pero imposible de enfrentar por parte de personas incapacitadas para entender la importancia y el lugar del arte y especialmente de la creación autóctona. Falta de programación de autores, falta de concursos, falta de grabaciones, falta de emisiones, falta de producción.

La existencia de excelentes gestores que sin dudas trabajan en la actualidad no resuelve el asunto, porque es claro que el gestor podrá hacer funcionar eficientemente el mecanismo, pero no puede —y si pudiera ni debería— ser responsable de la programación, del estímulo y de la promoción del arte nacional. Bienvenidos los gestores, para poner en marcha lo que los políticos tienen el deber de proponer, aunque casi nunca lo han hecho.

Pero esa es su historia, que recientemente parece revertirse, con algunas apuestas radicales que ojalá no sean la excepción. La esperanza es que esta conducta prolifere, por una sencilla y poderosa razón: tenemos que escucharnos, tenemos que vernos, tenemos que leernos, saber que existimos; saber que no somos geniales, sino apenas unos tipos que hacen lo que pueden; tenemos que escribir claro y firme, sin mentirnos a nosotros mismos. Es fácil. Basta con educar un poco a los políticos.

Fuente: © 2015 H enciclopedia www.henciclopedia.org.uy    publicado con autorización de los editores.-