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Democracia o diseño por Carlos Rehermann

Pecado de inocencia.

Ineficiencia de las artes.

Hace tres décadas que terminó nuestra más reciente dictadura. Para celebrarlo, la presidencia de la Cámara de representantes y la Dirección de cultura del Ministerio de Educación y Cultura están realizando una serie de acontecimientos que llevan el título genérico de “Cultura y democracia”. Se ha llamado a un concurso de cuentos y a uno de muestras de artes visuales, entre otras cosas.

La curiosa idea de que el arte puede tematizar no es nueva. Diversas instituciones, con la muy positiva intención de promover las artes o colaborar con los artistas, suelen llamar a concursos con un sesgo temático. Así, el Banco República llamó hace poco a un concurso de dramaturgia para obras de teatro con tema financiero, con el objetivo fuera enseñar a la población a manejar cuentas bancarias, chequeras y tarjetas. En España, país acosado por una furia de concursos literarios, las asociaciones de pescadores llaman a concursos de cuentos sobre redes y los gremios de enfermeros a cuentos sobre curaciones, del mismo modo que los parlamentarios uruguayos proponen ahora un concurso sobre democracia.

Detrás de esta clase de iniciativas hay dos grandes asuntos: la inocencia o ignorancia de los técnicos encargados de administrar y gobernar los asuntos públicos, y la avidez administradora de los economistas.

Los economistas (es decir, los encargados de ordenar la casa, pues tal es la etimología de “economía”) observan los fenómenos de la cultura y les hierve la sangre, pobres. Por todos lados ven ineficiencia, capricho, imprevisión, arbitrariedad, despilfarro y sinsentido. Los artistas de los tiempos del capitalismo suelen conducirse sin el menor rastro de racionalidad. Si la producción artística fuera razonable, seguiría algunas pautas similares a la producción de bienes de consumo. Un artista no se dedicaría a producir algo que luego no pudiera comercializar, y de hecho los artistas exitosos se conducen de una de las siguientes maneras: producen sabiendo que lo están haciendo para determinado público (como Dalí), o bien modifican el gusto del público para que acepte su producción (como Picasso).

Por el camino quedan miles de aspirantes a artistas por cada uno de los que logran sobrevivir de su arte, que no saben moverse según ninguna de esas dos estrategias. Por otra parte, los mercados actuales son muy distintos a los de los tiempos heroicos de Dalí y Picasso, y los economistas no son ajenos a los cambios que se han producido. Toda la energía social que se pierde por el fracaso de los artistas que no logran vender podría aprovecharse si se racionalizara un poco la producción, aducen los economistas, a quienes les importa mucho pensar en el fenómeno de arte como una totalidad que incluye (para seguir con el caso de los pintores del siglo pasado) a los fabricantes de pinceles y de marcos, a los galeristas, a los restauradores, a los bibliotecarios que archivan los documentos sobre los artistas, a los empleados que limpian los baños de la fábrica de productos químicos donde se fabrican las pinturas que usan los pintores, etcétera.

Para un político o para un economista es mucho mejor un arte que se produce dentro de un sistema controlado y eficiente. Está claro que un fenómeno como el de Van Gogh es indeseable: deudas por todos lados, violencia, gastos en salud mental, suicidio, culpa familiar. Un desastre. Este caso es especial porque la posteridad parece haber compensado con creces el costo que supuso el tránsito de Van Gogh por este mundo dadas las cotizaciones póstumas de sus pinturas, pero hay miles de vangoghs que nunca se cotizaron y produjeron el mismo desastre económico que aquel protagonizó en vida. De manera que todas las artes, intervenidas por el interés de los economistas, comenzaron a usar unas herramientas nacidas a principios del siglo XX, curiosamente al mismo tiempo que se producía una revolución importante en el mundo de las artes.

Diseño

Diseño significa dibujo, pero desde hace aproximadamente un siglo le hemos otorgado una acepción mucho más específica. Diseñar significa planificar racionalmente la realización de algo. Es cierto que los artesanos del pasado y los constructores de catedrales planificaban lo que iban a hacer, pero dibujaban muy poco. En la época de los ingenieros de puentes y caminos el dibujo se convirtió en la herramienta de planificación por excelencia, muy precisa, apta para la producción en serie y automatizada, y de ahí la extensión de su significado hace más o menos un siglo.

La revolución de la profesión de diseñador (hasta entonces ni siquiera se llamaba “diseñador”) ocurrió en Alemania durante la década que siguió a finalización de la Primera Guerra Mundial. La llevaron adelante un grupo de arquitectos y pintores que provenían de una zona muy reducida de algunos países del norte de Europa —Alemania, Holanda, Bélgica—, a través de una escuela a la que ningún nombre hasta entonces empleado parecía acomodarle, y que por motivos incluso administrativos se llamó “Casa de la construcción”, “Bauhaus”. Esta escuela no solo sistematizó saberes, estableció programas y abrió espacios en las fábricas para la contratación de diseñadores, sino que además construyó una poderosa ideología cuyas características se emparentan con varias tendencias actuales.

En efecto: la Bauhaus era “de izquierda”, pero esencial y principalmente era funcional (curiosamente, “funcional” fue una palabra clave de su ideología) a la industria, es decir,  a la burguesía. Su finalidad era, a juzgar por su discurso, la de producir objetos adecuados al entorno, racionales, funcionales, sin estilo —en el sentido decorativo (aunque por entonces también la historia del arte, especialmente a través de Wölfflin, ajustaba el concepto de estilo asociado a períodos históricos más que a formas). Las izquierdas de hoy son muy bauhausianas. Detrás de discursos parecidos a los de antaño, cuando los operadores políticos de hoy estaban en las oposiciones de entonces, se esconde una práctica que favorece a los grandes capitales de siempre; un estímulo feroz al consumismo, y un combate frontal a todo cuanto pueda atentar contra el florecimiento de los negocios a gran escala, el despilfarro y la irracionalidad. Exceptúo de todo esto la corrupción, aunque su escala es tal que habría que integrarla al panorama.

Lo que inventó la Bauhaus fue el diseño, y hoy los administradores de nuestra ordenadas vidas progresistas lo aplican a todos los asuntos. La última incorporación fue el arte, en un proceso que se inició no hace mucho tiempo, quizá 50 años, con el florecimiento del neo-dadá de Warhol (no es casualidad que este ilustrador de revistas de modas bautizara su taller como “fábrica”).

Diseñar es una actividad muy distinta a crear arte. Diseñar supone estudiar un problema que se quiere resolver, analizar todas las variantes posibles, estudiar los ambientes en que se va a presentar el problema, analizar las características de los posibles usuarios, incluyendo sus capacidades de adquisición de los objetos (por compra individual, por suministro de una agencia estatal, mediante la autofabricación, etc.). Despejadas las incógnitas acerca de este asunto se resuelven cuestiones técnicas de la fabricación, el embalaje, la distribución. La sustentabilidad de las empresas relacionadas con la producción es muy importante; de ahí que la vida útil de los objetos sea una cuestión clave. ¿Cuánto va a durar físicamente la solución diseñada? ¿Cuánto tiempo su forma será del agrado de los usuarios? La moda tiene la utilidad de hacer envejecer los objetos de acuerdo a pautas de periodicidad programadas, pero en ocasiones no alcanza para promover un recambio, de manera que se hace necesario producir objetos que duren físicamente cierto tiempo. Esto no es necesariamente malo en el capitalismo, ya que de lo contrario las inestabilidades debidas a los quiebres continuos de las fábricas podrían producir consecuencias mucho peores.

La moda maneja formas y el arte también. Es fácil confundir estilo artístico (en el sentido fuerte de Wölfflin) con la moda. Pero hacer arte no tiene nada que ver con diseñar.

Arte y tema

Cualquier cosa que alguien diga del arte puede ser usada en su contra, de manera que conviene ser prudente. Pero sí se puede aventurar lo que no debería pedírsele al arte.

No debería pedírsele que resuelva problemas, algo que sí se le pide, con toda legitimidad, al diseño. El arte puede servir para muchas cosas: para integrar a personas con enfermedades mentales, para entretener a ancianos, para educar a niños, para decorar una sala de estar, para representar a un país en un festival. Pero no se puede pedir a un artista que produzca una obra para alguna de esas cosas. Las limitaciones inherentes al diseño son perjudiciales para el arte.

Tampoco puede pedirse al arte que se ciña a un tema. “Tema” es un invento de los críticos. Ningún artista piensa en un tema cuando produce arte. Una cualidad inevitable del arte, casi la única en la que es posible estar de acuerdo, es su concentración en lo específico. Una obra de arte siempre es antes que nada una obra concreta; luego es arte. El arte siempre está muy concentrado en lo que es, de una manera parecida a como el enamorado está completamente absorbido por el objeto de su amor, y no por cualidades que éste pudiera tener. Si alguien está verdaderamente enamorado de otro, será incapaz de enumerar sus cualidades. Solo atinará a decir: “Todo…”. Ese todo señala a lo específico del objeto de su amor. —¿Pero qué te gusta de él? —pregunta la madre, preocupada. —Que sea él —responde la niña, extasiada.

Pero la economía se resiste a esta anarquía del arte, y la inocencia de los gobernantes sigue las instrucciones: hagamos un concurso sobre el tema democracia. Por supuesto, hay que presentarse al concurso, hay que tratar de sacarle algo de plata a estos gestores del arte, pero que no cunda la esperanza: es muy difícil que de allí salga algo bueno, porque se aplican las reglas del diseño, es decir, del consumismo y la producción industrial. El mejor cuento del mundo perderá el concurso si los jurados encuentran otro que se relaciones más cercanamente al tema. Se trata de cumplir unas bases, se dirá. Ah, bases, es cierto que hay unas bases: condiciones; es decir, diseño.

La mejor forma de honrar la democracia sería la de hacer, sí, un concurso de cuentos y de muestras de artes visuales, dejando que los artistas escriban lo que quieran y muestren lo que quieran. Así, todos (no solo los gestores y diseñadores, sino también los artistas) tendrían iguales oportunidades de presentar sus trabajos a la comunidad. En cambio, este estado de inocencia solo favorecerá a los más obedientes, a los más adaptados al gusto dominante y a las modas. Es decir, todo esto logrará que la celebración de la democracia sea menos democrática.

Publicado por Carlos Rehermann en “Interruptor la columna de H enciclopedia” http://www.henciclopedia.org.uy/Columna%20H/RehermannPecadodeinocencia.htm

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